Brenda Espronceda: Mujer española, madrileña para ser más exacto, tiene 24
años de edad, en cuanto a su aspecto físico es una mujer rubia, su piel blanca y
aterciopelada, en su rostro se observa una apariencia exótica, sus rasgos faciales
no se podrían definir muy bien, debido al excesivo maquillaje. Es una mujer que
goza de muchas comodidades que le brinda el solo hecho de pertenecer a una
familia extremadamente pudiente, aunque a iniciado sus estudios de medicina
( de los cuales ya lleva cursados seis semestres) se siente increíblemente
identificada con la literatura propia del romanticismo, por tal motivo utiliza sus
tiempos libres para leer y escribir; aunque no a logrado que ninguna editorial le
publique un libro de su autoria, sus papás, también profundamente identificados
con el romanticismo, le han prometido, de regalo de grado la publicación de su
libro.
John Iñaki Espenser: Escritor valenciano, de los más destacados de su país,
extremadamente refinado y que sobresale por ser un hombre de muy buenos
modales y un léxico envidiable, personaje versado, ampliamente intelectual, algo
tradicional de su familia y apoyado por sus estudios, numerosos viajes y núcleo
social en el que se desenvuelve. Alto, de piel blanca y muy buen vestir, conserva un
estilo clásico y sobrio, siempre de vestido de paño camisa blanca y corbata. Sus
numerosas y exitosas novelas le han otorgado múltiples reconocimientos y un
lugar muy privilegiado en la sociedad.

Un hermoso atardecer, de esos que se viven únicamente en otoño, Brenda se
encuentra en una banca de un parque ecológico de Madrid, leyendo una novela de
un escritor neoclasicista, sus gestos no son de agrado, púes, en definitiva no
comparte el estilo de Fabio Iñaki Espencer, autor de la obra “Dominica y
Jerónimo de las Casas”. De repente siente una mirada penetrante, y gira su
rostro, para encontrarse de frente con un apuesto caballero.
Fabio Iñaki Espencer: Buena tarde señorita…
Brenda Espronceda: Brenda, ese es mi nombre señor, pero dígame señor, ¿en que
puedo ayudarlo? Que si no lo habéis notado estoy algo ocupada
F.I.E.: Mucho gusto Brenda, mi nombre es… bueno en realidad no importa, me he
acercado a vos sin animo de molestarte, solo que he observado que no os gusta lo
que leéis y, si así lo deseáis podríamos discutir un poco sobre tan interesante
novela.
B.E.: ¿Interesante decís? En lo absoluto, ésta novela no es más que la replica de
otras tantas, con otros nombres, otros lugares pero al fin y al cabo la misma
estructura, es que esos, que se hacen llamar neoclasicistas no tienen ni idea de lo
que es escribir…
F.I.E.: Perdonareis que te contradiga hermosa dama, pero en realidad, que a
quienes te refieres, esos hombres si que saben lo que es escribir, que te lo digo yo,
que soy un neoclasicista de sepa
B.E.: Pues dejadme dudar de tu palabra, que si bien sois un neoclasicista, no eres
nada objetivo al juzgarlos, mal haríais si de ellos hablaras mal, pues hablaríais
mal de ti mismo.
F.I.E.: Pues mejor no pude haberlo dicho yo, en realidad se os nota que eres una
mujer maravillosa, de esas que esta sociedad necesita, refinada y de buena
familia
B.E.: Definitivamente no tengo duda alguna sobre tus orígenes, se os nota que eres
neoclasicista, que creéis que unos son mejores que otros, dejadme que os diga, que
yo, como todos los que en el romanticismo nacimos, creemos en la igualdad y en la
libertad, no sois mejor que nadie por como te vistes o por la familia a la que
pertenecéis, cada quien es libre de formar su propia personalidad.
F.I.E.: Mejor cambiemos de tema, que si nos pusiéramos a discutir sobre quien es
más o quien es menos esta discusión no tendría fin… y los temas inconclusos no
son de mi agrado.
B.E.: Claro, vosotros los neoclasicistas, que creéis que todo debe tener un inicio y
un final, vivís encasillados, para mi, como romántica lo que importa es empezar,
darle un final a un asunto no es tan importante, o no creéis que hay que dejar
algo a la imaginación.
F.I.E.: Nuevamente os pido disculpas por encontrarme poco identificado con tu
manera de pensar, pues para mi, no hay espacio para la imaginación, las cosas
son o no son, así de sencillo, el podría ser o el podría suceder no existen para mi.
B.E.: Si, lo se, y no os juzgo por eso, que bien se que esos mismo pensamientos
vuestros antepasados los tuvieron, y vos habéis heredado la racionalidad de ellos,
una persona neoclasicista nunca se daría la oportunidad de pensar por si mismo
he intentar cambiar las cosas.
F.I.E.: ¿Cambiar las cosas decís? Porque desearía yo cambiar tan fantásticos
cánones, que si bien se han conservado tanto es debido a su perfección.
B.E.: Podéis decir lo que queráis, que al fin y al cabo, que más le podría pedir a
un neoclasicista, no eres capaz de pensar por ti mismo, poca autenticidad podría
obtener de vos en cambio, yo, toda una romántica, siempre he pensado por mi
misma, que si bien no es de vuestra incumbencia, déjame contarte que actualmente
escribo un libro, y no sigo las estructuras tradicionales, he hecho de este libro y
expresión personal.
F.I.E.: Pues dejadme decirte, que esa es una de las principales diferencias entre
vosotros lo románticos y nosotros los clasicistas, nosotros siempre seguimos la
estructura, pues es para nosotros perfecta, muestra de ello son Voltaire,
Montesquieu y Rousseau, tres escritores neoclásicos de los más famosos que
existen. Acaso tenéis vosotros los románticos escritores tan sobresalientes como los
nuestros.
B.E.: Pues dejadme dar un ejemplo, que si me pusiese a hacer una lista, aquí
nos daría la noche, pero como soy bastante nacionalista, amo mi patria como
buena romántica, os nombrare a Mariano José de Larra y a Gustavo Adolfo
Bécquer.
F.I.E.: Pues no os contradigo en esta ocasión, que si he oído nombrar a esos
autores en alguna ocasión, pero, cambiando un poco de tema ¿Por qué leéis en un
parque, no seria más adecuado que lo hicieses en un estudio?
B.E.: Pues se nota que poco conocéis a los románticos, os diré, para nosotros los
románticos la naturaleza es inspiradora, despierta en nosotros múltiples
sentimientos…
F.I.E.: (interrumpiéndola) ¿sentimientos? Que barbaridad decís, para que los
sentimientos, ¿acaso para leer necesitáis sentir?, es algo absurdo
B.E.: Para vos podrá resultar absurdo, pero para mi resulta fascinante, y,
además de leer, también he venido aquí con la idea de escribir alguna parte del
libro que ya os he comentado estoy escribiendo, y, en él plasmo mis sentimientos,
es un libro de una historia de amor… pero tu, obstinado neoclasicista, nunca
comprenderéis algo así.
F.I.E.: Tenéis razón, yo nunca le daría cabida a los sentimientos, para mi la
razón prevalecerá siempre, y ahora, disculparéis que te deje, pero debo reunirme
con algunos amigos importantes de la sociedad que quieres que les hable del
ultimo libro que escribí “Dominica y Jerónimo de las Casas”.













